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Heridas de apego, complejos parentales y dificultad para dejarse amar.

Julia es un personaje ficticio, construido a partir de situaciones clínicas que encuentro con frecuencia en mi práctica. Su historia, sus vínculos y su sueño han sido creados o transformados para preservar toda identidad.


Cuando estamos lejos, me extrañás —le dijo Tomás—. Pero cuando por fin tenemos tiempo para estar juntos, pareciera que te molesto.

Julia no supo qué responder. Llevaban tres años juntos y hacía más de uno que convivían. Al comienzo, la relación había sido intensa: conversaban durante horas, se buscaban sexualmente y disfrutaban imaginando proyectos comunes. Ahora, cuando Tomás proponía pasar una tarde juntos, ella solía encontrar algo pendiente. Si se acercaba sexualmente, muchas veces estaba cansada. Cuanto más la buscaba él, más fría se sentía ella.


Sin embargo, cuando Tomás se retiraba, Julia volvía a extrañarlo. Y, en medio de esa distancia, comenzó a sentirse atraída por otro hombre al que apenas conocía. Imaginaba conversaciones y encuentros con él, y recuperaba una vitalidad que parecía haber perdido con su pareja.


—¿Cómo puedo desear a alguien que casi no conozco y no sentir deseo por el hombre que quiero? —preguntó en terapia.
Esta paradoja aparece con cierta frecuencia en la consulta psicológica. Solemos explicarla por el individualismo contemporáneo, las redes sociales, el cansancio o la abundancia de opciones. Todo eso influye. Pero, en algunas personas, la dificultad para amar tiene raíces más antiguas: heridas de apego, duelos pendientes y complejos parentales que se activan precisamente cuando una relación empieza a importar de verdad.
No siempre el enfriamiento significa que el amor terminó. A veces indica que la cercanía ha comenzado a sentirse peligrosa.


Cuando poder sola se vuelve una obligación:

Julia estaba cerca de los cuarenta. Era inteligente, independiente y profesionalmente reconocida. Sabía organizar su vida, tomar decisiones y resolver problemas sin esperar demasiado de nadie. Su autonomía era una conquista real y valiosa.
Pero «puedo sola» no era solamente una capacidad: también era una defensa. Aceptar ayuda le resultaba incómodo. Necesitar a alguien despertaba en ella una sensación de debilidad. Podía enamorarse mientras conservara una salida o cierto control sobre el vínculo; cuando el otro se volvía importante, aparecía una alarma interior: «Si lo necesito, podrá lastimarme»; «si bajo la guardia, perderé mi libertad»; «si confío demasiado, terminará abandonándome».
Julia no formulaba conscientemente estas ideas. Las sentía como irritación, pérdida de deseo o necesidad de distancia. La autonomía saludable permite elegir entre resolver algo por uno mismo o aceptar apoyo. La autosuficiencia defensiva, en cambio, obliga a no necesitar: protege de la dependencia, pero también dificulta recibir cuidado.

La voz de la madre:

La madre de Julia había atravesado decepciones amorosas y quiso transmitirle a su hija la fortaleza que ella misma había necesitado: «No dependas de ningún hombre»; «los hombres cambian cuando saben que ya te tienen»; «una mujer siempre debe estar preparada para seguir sola».
En aquellas advertencias había una intención protectora, pero también el temor de una mujer herida. Además, la madre era afectuosa e invasiva: opinaba sobre las decisiones de Julia, desconfiaba de sus parejas y podía vivir la autonomía de su hija como un abandono. Para diferenciarse de ella, Julia tuvo que desarrollar una gran firmeza.
Desde la psicología junguiana, un complejo es una organización emocional formada por recuerdos, imágenes, afectos, creencias y respuestas corporales. Posee cierta autonomía: cuando se activa, puede influir sobre la conciencia y hacernos reaccionar desde la historia como si estuviera ocurriendo nuevamente. Murray Stein señala que los elementos arquetípicos de la psique «se viven y se padecen en la vida cotidiana a través de la experiencia de los complejos» (El mapa del alma según Jung, p. 80).

En Julia, un aspecto negativo del complejo materno no se expresaba solamente en el conflicto con su madre. También había condicionado su percepción de los hombres. El hombre podía seducir, dominar, cambiar o abandonar; por eso debía ser observado y puesto a prueba.

Una duda de Tomás podía volverse señal de que no sabría sostenerla. Su sensibilidad podía parecerle falta de masculinidad. La cercanía con otra mujer podía confirmar que, tarde o temprano, sería reemplazada. Esto no significa que todas sus percepciones fueran infundadas. Los complejos suelen apoyarse en algún dato verdadero, pero lo seleccionan y amplifican hasta convertirlo en prueba de una convicción antigua.
La tarea terapéutica no consistía en pedirle a Julia que confiara ciegamente, sino en ayudarla a distinguir al hombre real de la imagen de lo masculino heredada de su madre.
El padre que no terminó de irse
El padre de Julia había muerto muchos años atrás. Ella lo había amado profundamente, pero la relación quedó inconclusa. Había sido un padre cálido, aunque afectivamente irregular. Julia conservaba momentos felices y también largas esperas. Cuando él murió, todavía necesitaba hacerle preguntas, expresar algunos enojos y escuchar que había sido verdaderamente importante para él.
La muerte cerró la relación exterior, pero no el vínculo interior. Una parte de Julia continuó esperando al padre.
El complejo paterno reúne experiencias, emociones y expectativas vinculadas con el padre y con lo paterno: protección, reconocimiento, autoridad, orientación y confianza. Cuando este vínculo queda herido o inconcluso, sus expectativas pueden proyectarse sobre relaciones posteriores.

Julia esperaba que Tomás fuera firme, protector y resolutivo. Pero ningún hombre real podía satisfacer del todo aquella expectativa. Si él dudaba, ella perdía admiración; si se mostraba muy seguro, temía que quisiera dominarla; si estaba disponible, perdía interés; y si se alejaba, volvía a desearlo.
Aceptar profundamente a otro hombre también podía significar despedirse de la espera del padre. En un nivel inconsciente, darle a Tomás un lugar central podía sentirse como una deslealtad hacia aquel primer amor suspendido. Tomás competía, sin saberlo, con un hombre ausente e idealizado, que ya no podía volver a equivocarse ni decepcionarla.


El sueño del faro:

En medio de este proceso, Julia relató un sueño:
«Vivo sola en un faro y debo mantener encendida una luz que perteneció a mi padre. Tomás llega en una embarcación y me pide que baje el puente. Quiero abrirle, pero temo que, si dejo mi puesto, la luz se apague. Mientras dudo, la embarcación comienza a alejarse. Intento llamarlo, pero no me sale la voz».
Los sueños no poseen significados fijos. Sus imágenes deben comprenderse en relación con las asociaciones del soñante, su historia y su momento vital. En el trabajo terapéutico, sin embargo, este sueño permitió abrir algunas hipótesis.
El faro podía expresar la capacidad de Julia para orientarse y, al mismo tiempo, su vigilancia y aislamiento. Desde lo alto podía verlo todo sin exponerse demasiado. La luz del padre era una herencia valiosa, pero también una tarea que la mantenía ligada a él. Tomás no quería apagarla: pedía que bajara el puente. Julia, sin embargo, sentía que recibirlo podía poner en riesgo aquello que debía proteger.
El sueño mostraba el costo de la defensa: el faro la mantenía segura, pero también sola.
¿Podía conservar la luz recibida de su padre sin quedar condenada a cuidarla sola?
Un ánimus fuerte y un ánima desvitalizada
Si empleamos estos conceptos junguianos en un sentido contemporáneo, sin asignarlos rígidamente a mujeres y hombres, podemos pensar el ánimus y el ánima como funciones presentes en toda persona.
Julia tenía un ánimus muy desarrollado. Se manifestaba en su racionalidad, capacidad de organización, autonomía, exigencia y posición alcanzada en el mundo. Estas cualidades le habían permitido construir una vida propia y separarse de la influencia materna. El problema aparecía cuando ese ánimus asumía una función defensiva dominante: Julia analizaba antes de sentir, controlaba antes de confiar y evaluaba la peligrosidad del hombre antes de permitirle acercarse.
Su función anímica, en cambio, se encontraba desvitalizada. Le costaba registrar sus deseos, recibir, jugar, dejarse conmover y permanecer en contacto con el cuerpo. No carecía de sensibilidad: su sensibilidad se retraía cuando la intimidad comenzaba a importarle demasiado.

Esperaba que Tomás encarnara la firmeza que ella no podía dejar de ejercer. Quería un hombre resolutivo, pero le costaba cederle iniciativa. Deseaba sentirse cuidada, pero rechazaba su ayuda. Cuanto más lo evaluaba y criticaba, más inseguro y frustrado se volvía él. Esa inseguridad terminaba confirmando la percepción de Julia: «No es un hombre capaz de sostenerme».
Así se construyen muchos círculos vinculares: cada integrante contribuye, sin proponérselo, a producir aquello que más teme encontrar.

Aprender a recibir sin perderse

La terapia no debía decidir si Julia continuaría con Tomás ni considerar cada duda como una proyección. Tampoco se trataba de volverla dependiente. Su proceso consistía en alcanzar una libertad interior mayor: diferenciar las limitaciones reales de Tomás de los temores heredados; elaborar el duelo por su padre; reconocer la historia de su madre sin convertirla en destino; y recuperar el contacto con su sensibilidad, su cuerpo y su deseo.
Una zona de su vida afectiva había quedado organizada según una lógica infantil: si necesito, dependo; si dependo, quedo expuesta. Madurar emocionalmente no significaba dejar de necesitar, sino aprender que recibir no es someterse, que pedir no equivale a quedar en deuda y que apoyarse en alguien no obliga a perder autonomía.
Para algunas personas, lo más difícil no es encontrar el amor, sino tolerar lo que el amor despierta. Ser importante para alguien implica aceptar que ese alguien puede decepcionarnos, cambiar o irse. Ninguna relación elimina por completo ese riesgo.
Pero protegerse de toda pérdida posible puede provocar otra pérdida más silenciosa: la de una vida afectiva que nunca llega a ser plenamente vivida.
Julia había aprendido que ser libre significaba no necesitar a nadie. Ahora comenzaba a descubrir una libertad más profunda: sostenerse por sí misma y, al mismo tiempo, permitir que alguien se acercara. Dejarse amar no es entregar la propia vida al otro. Es poder abrir la puerta sin renunciar a la propia casa.


Referencias orientadoras
Jung, C. G. Dos escritos sobre psicología analítica.
Stein, Murray. El mapa del alma según Jung.
Hillman, James. El sueño y el inframundo.

Autor: Prof. Mag. Nelson Pérez Colev.

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