Soledad, salud mental y terapia grupal en una época que necesita comunidad.
En una época que enferma por desconexión, el grupo terapéutico ofrece una experiencia profundamente sanadora: volver a sentirnos humanos en presencia de otros.
Una soledad que ya no puede pensarse como un asunto privado
Vivimos una época extraña. Nunca tuvimos tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, muchas personas se sienten cada vez más solas. Hay mensajes, redes, pantallas, llamadas, grupos virtuales y contactos permanentes. Pero no siempre hay encuentro. No siempre hay mirada. No siempre hay presencia.
La soledad contemporánea no es simplemente estar sin compañía. Muchas personas viven acompañadas, trabajan con otros, conversan a diario y forman parte de redes sociales, pero aun así sienten una forma más profunda de aislamiento: la sensación de no ser vistas, no ser comprendidas o no tener un lugar suficientemente significativo en la vida de otros.
La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que una de cada seis personas en el mundo está afectada por la soledad, y que esta se asocia con más de 871.000 muertes al año. En Uruguay, datos recientes del Ministerio de Salud Pública muestran que el 24 % de la población se ubica en el nivel máximo del índice de soledad y que el 29 % presenta baja autopercepción de bienestar psicológico. En Argentina, el Observatorio de la Deuda Social de la UCA informó que, en 2024, casi tres de cada diez personas de la población urbana manifestaron síntomas ansiosos o depresivos.
Estos datos importan, pero no deberían ser leídos solamente como cifras. Detrás de ellos hay vidas concretas: un adulto mayor que pasa días sin una conversación significativa; un adolescente conectado todo el día a través de pantallas, pero sin sentir que pertenece; una madre o un padre que cría con poca
red humana; una persona deprimida que se retira silenciosamente del mundo; una pareja que convive, pero hace tiempo dejó de encontrarse íntimamente.
La soledad duele porque no solo nos separa de los otros. También puede separarnos de partes esenciales de nosotros mismos: de nuestras emociones, de nuestro cuerpo sensible, del entusiasmo, del juego, de la alegría del encuentro y de una vivencia más profunda de sentido.
No nacimos para sostenernos solos
La neurociencia social viene mostrando algo que las tradiciones comunitarias sabían desde hace siglos: el ser humano necesita de otros para regularse. La llamada Social Baseline Theory plantea que el cerebro humano funciona suponiendo la disponibilidad de vínculos significativos, confiables e interdependientes. En palabras sencillas: cuando sentimos que no estamos solos, el mundo pesa menos.
Esto no significa que toda soledad sea negativa. También necesitamos silencio, intimidad con nosotros mismos, retiro y contemplación. Hay una soledad fértil, creativa, necesaria para escuchar el alma. Pero otra cosa muy distinta es la soledad dolorosa: aquella en la que la persona no se retira para encontrarse, sino que queda desconectada de los vínculos que sostienen la vida.
Desde la neuropsicología, podríamos decir que el vínculo cumple una función de co-regulación. Una voz serena, una mirada que recibe, una presencia que no invade pero permanece, pueden ayudar al sistema nervioso a disminuir su estado de alerta. La angustia se vuelve más soportable cuando puede ser
compartida. El miedo cambia cuando hay alguien que acompaña. El dolor psíquico no desaparece mágicamente, pero encuentra una trama donde empezar a ser elaborado.
Desde la antropología, esta idea también es clara. Los seres humanos no evolucionamos como individuos autosuficientes, sino como seres de crianza cooperativa, aprendizaje compartido y vida grupal. La comunidad no vino después del individuo. El individuo humano nació dentro de una comunidad de cuidado.
Cuando se rompe la trama
En la vida contemporánea, muchas de esas tramas se han debilitado. Las familias son más pequeñas, los barrios menos comunitarios, los trabajos más inestables, las redes más rápidas pero no siempre más íntimas. Las personas migran, envejecen solas, crían con poco apoyo, atraviesan duelos sin comunidad, se deprimen en silencio o se angustian sin encontrar espacios donde compartir lo que les ocurre.
A veces alguien llega a terapia diciendo: «No sé qué me pasa». Pero al escuchar su historia aparece algo más amplio: no tiene con quién hablar de verdad, no se siente parte de un grupo, no encuentra un lugar donde descansar de la exigencia, no sabe pedir ayuda o tiene miedo de volverse una carga para otros.
En estos casos, la psicopatología no puede pensarse solamente como un problema intrapsíquico. La depresión, la ansiedad, la angustia crónica o ciertos modos de retraimiento también deben comprenderse en relación con una época que muchas veces deja al individuo demasiado solo frente a tareas que antes eran sostenidas comunitariamente.
– Un joven que no encuentra pertenencia puede vivir su diferencia como defecto.
– Una madre que cría sin red puede sentir que fracasa, cuando en realidad está sobrecargada.
– Un adulto mayor puede deprimirse no solo por la edad, sino porque ha perdido lugares donde ser esperado.
– Un terapeuta puede ver síntomas individuales donde también hay una herida de comunidad.
Por eso, hablar de salud mental hoy exige hablar también de vínculos, pertenencia y espacios grupales.
La sociedad del rendimiento y el cansancio del alma
Byung-Chul Han ha descrito con lucidez una sociedad marcada por el rendimiento, la autoexigencia, la positividad obligatoria y el cansancio. Muchas veces somos nosotros mismos quienes nos presionamos a rendir, mejorar, producir, responder, estar disponibles, ser interesantes o ser exitosos. En ese clima, la persona puede funcionar hacia afuera y, sin embargo, sentirse vacía, cansada o desconectada por dentro.
Esto tiene consecuencias clínicas muy concretas. Muchas personas llegan a la consulta diciendo: «No sé qué me pasa, tengo todo para estar bien». O: «No puedo parar». O: «Estoy con gente, pero no me siento acompañado». O: «Me cuesta conectar con lo que quiero».
En términos simbólicos, podríamos decir que nuestra cultura ha desarrollado unilateralmente valores ligados al hacer, al control, a la eficacia, a la competencia y a la autosuficiencia. Son valores necesarios en cierta medida. Pero cuando se vuelven dominantes, pueden dejar poco espacio para la ternura, la
receptividad, la vulnerabilidad, el descanso, la intimidad y la compasión.
Aquí la terapia grupal tiene un valor enorme: crea un tiempo diferente. Un tiempo no productivo en el sentido habitual. Un espacio donde no se trata de rendir, sino de estar; no se trata de impresionar, sino de mostrarse; no se trata de competir, sino de encontrarse.
La terapia grupal: trabajar el vínculo en vivo
Un grupo terapéutico no es simplemente un conjunto de personas reunidas para hablar de sus problemas. Es un campo vivo de relaciones. La persona no solo cuenta cómo se vincula: se vincula allí mismo. Se muestra, se protege, se retrae, se compara, se anima, se enoja, se conmueve, teme ser juzgada, descubre que puede afectar a otros y ser afectada por ellos.
Por eso el grupo es un espacio privilegiado para trabajar la identidad vincular: cómo entro en contacto, cómo me retiro, cómo pido, cómo rechazo, cómo cuido, cómo compito, cómo me dejo ver, cómo ocupo un lugar.
Desde una mirada gestáltica, el grupo permite observar cómo cada persona organiza su experiencia en relación con otros. Desde una mirada sistémica, muestra los lugares que cada uno tiende a ocupar en un campo vincular. Y desde una mirada junguiana, permite reconocer cómo ciertos complejos, heridas,
aspectos de la sombra y necesidades de pertenencia se activan en presencia de otros.
Una persona puede descubrir, por ejemplo, que siempre habla desde la cabeza para no mostrar emoción. Otra puede notar que se enoja cuando alguien recibe atención. Otra puede darse cuenta de que ayuda a todos, pero nunca pide nada. Otra puede experimentar que, al mostrar tristeza, no es rechazada, sino recibida.
Allí la experiencia grupal se vuelve transformadora. No porque alguien explique una teoría, sino porque algo nuevo se vive en presencia de otros.
No cualquier grupo cura
No todo grupo es terapéutico. Hay grupos que excluyen, juzgan, invaden, uniformizan o silencian. Hay grupos que exigen pertenecer al precio de dejar de pensar, de dejar de sentir o de dejar de ser uno mismo.
El grupo terapéutico busca otra cosa. No pretende disolver al individuo en el conjunto, sino ayudarlo a encontrarse consigo mismo en presencia de otros. No busca uniformidad, sino diferenciación. No busca
obediencia, sino responsabilidad. No busca descarga emocional sin elaboración, sino palabra, conciencia y transformación.
Un grupo terapéutico necesita encuadre, confidencialidad, respeto, gradualidad, cuidado de los tiempos, sensibilidad clínica y responsabilidad compartida. Necesita un terapeuta capaz de escuchar no solo lo que dice una persona, sino también lo que está ocurriendo en el campo grupal.
La familia interior se despliega en el grupo
Todo grupo despierta resonancias familiares. Los compañeros pueden ser vividos inconscientemente como hermanos: uno recibe más atención, otro parece más querido, otro ocupa más lugar, otro despierta celos o rivalidad. El terapeuta o los coordinadores pueden activar imágenes de autoridad: el padre exigente, la madre protectora, la figura que juzga, la figura que abandona, la figura que cuida.
Esto no es un obstáculo. Es una oportunidad terapéutica. Una persona que en su familia tuvo que ser «la fuerte» puede descubrir que también en el grupo le cuesta pedir ayuda. Alguien que fue invisible puede darse cuenta de que espera que los demás adivinen lo que necesita. Quien ocupó el lugar de mediador puede intentar suavizar cada conflicto. Quien vivió exclusión puede interpretar silencios o demoras como rechazo.
El grupo terapéutico permite que esos viejos lugares aparezcan, pero en un contexto nuevo: un contexto cuidado, con palabra, con conciencia y con posibilidad de transformación.
Lo que se formó en vínculos puede transformarse en vínculos.
Universalidad, esperanza y aprendizaje interpersonal
Uno de los primeros efectos terapéuticos del grupo es descubrir: «no soy el único». Irvin Yalom llamó a esto universalidad. La vergüenza se alivia cuando el dolor deja de vivirse como una anomalía privada. El aislamiento empieza a ceder cuando alguien escucha en otro una angustia parecida a la propia.
El grupo también despierta esperanza. Ver que otro pudo hablar, pedir ayuda, atravesar un duelo, poner un límite o recuperar deseo de vivir puede abrir una pregunta íntima: «si él pudo, quizá yo también».
Y aparece, además, algo muy valioso: el altruismo. Una persona que se siente inútil o dañada puede descubrir que su palabra ayuda a otro. Que su presencia importa. Que su escucha sostiene. Que su historia, incluso dolorosa, puede convertirse en puente.
El grupo enseña que no somos solamente pacientes de nuestra historia. También podemos ser presencia significativa en la historia de otros.
Recuperar el ánima: sensibilidad, compasión y alma vincular
Nuestra época necesita recuperar una dimensión anímica del vínculo. Desde la perspectiva junguiana, esto se relaciona con un aspecto de la psique que suele nombrarse simbólicamente como lo femenino, entendido no como una característica exclusiva de las mujeres, sino como una función humana profunda.
Hablamos de recuperar capacidades como la sensibilidad, la receptividad, la escucha del cuerpo, la capacidad de conmoverse, la apertura a la belleza, al dolor, a la intimidad y al misterio de la vida emocional.
Cuando una cultura se organiza excesivamente alrededor del dominio, la dureza, la productividad, la competencia y la eficacia, algo del alma queda relegado y desvalorizado. Y cuando esto ocurre, la compasión puede parecer debilidad; la ternura, ingenuidad; la vulnerabilidad, fracaso.
La terapia grupal educa otra posibilidad. En un grupo, una persona escucha llorar a otra y descubre que no necesita aconsejar de inmediato. Otra se anima a expresar enojo y comprueba que el vínculo no se
rompe. Otra comparte una vergüenza antigua y descubre que no es despreciada. Otra se siente tocada por una historia ajena y comprende algo de sí misma.
Así el grupo educa el corazón. No en un sentido sentimental, sino profundamente humano. La compasión no es lástima, ni fusión, ni salvación del otro. Es la capacidad de reconocer el sufrimiento humano sin negarlo, sin invadirlo ni evitarlo y, cuando es posible, acompañarlo.
Volver a tener mundo
Tal vez uno de los grandes desafíos de nuestra época sea ayudar a las personas a volver a tener mundo. No solo a funcionar mejor. No solo a disminuir síntomas. Sino a recuperar vínculos, lugares, pertenencias, conversaciones, gestos y proyectos compartidos.
El ser humano no se cura solamente hacia adentro. También se cura hacia los otros: cuando puede hablar de su dolor, cuando descubre que no está solo, cuando puede escuchar el sufrimiento de otro y sentir compasión, cuando se anima a ocupar un lugar en un grupo, o cuando comprende que su historia personal también pertenece a una historia humana más amplia.
La terapia de grupo, cuando está bien conducida, puede ofrecer ese pequeño laboratorio de humanidad donde se aprende a estar con otros de un modo más verdadero. Allí se ensaya una comunidad posible: imperfecta, sensible, conflictiva, viva. Una comunidad donde cada uno puede traer su herida, pero también su palabra, su presencia y su capacidad de cuidar.
Formarse como terapeuta de grupos
Precisamente porque el grupo tiene tanta potencia, requiere preparación. Coordinar un grupo terapéutico no es simplemente reunir personas y promover que hablen. Es aprender a leer un campo humano.
El terapeuta de grupo necesita escuchar lo que dice una persona, pero también lo que expresa el conjunto. Necesita reconocer el clima emocional, la fase del proceso, la resistencia cuando aparece, la confianza disponible y el momento oportuno para las intervenciones.
También necesita una cualidad humana esencial: poder sostener la complejidad, la emocionalidad y la resonancia grupal sin apurarse a resolverlas. Un grupo requiere encuadre, cuidado, confidencialidad, respeto por los tiempos, claridad ética, sensibilidad clínica y capacidad de acompañar conflictos sin romper la trama.
La investigación contemporánea también respalda la importancia de la psicoterapia grupal. Revisiones recientes señalan que la terapia de grupo puede ser eficaz para diversos problemas de salud mental y, en muchos casos, comparable a la terapia individual, además de ampliar el acceso a tratamientos. Pero más allá de la evidencia, hay una verdad clínica sencilla: la terapia individual ofrece un encuentro profundo entre dos; la terapia grupal ofrece, además, la posibilidad de sanar algo del lazo con los otros.
Casa Calma y la formación en terapia de grupos
En Casa Calma entendemos la terapia grupal como una experiencia clínica, vincular y profundamente humana. La abordamos desde una perspectiva integradora: gestáltica, porque trabaja con el contacto, el darse cuenta y el aquí y ahora; junguiana, porque atiende a los complejos, la sombra, el ánima, el proceso de individuación y la vida simbólica; y sistémica, porque comprende que todo ser humano pertenece a tramas familiares, vinculares y culturales que lo atraviesan transgeneracionalmente.
La Formación en Terapia de Grupos y Parejas nace de más de veinte años de experiencia docente y clínica acompañando procesos grupales. Su propósito no es solamente transmitir conocimientos, sino formar terapeutas capaces de sostener espacios donde las personas puedan encontrarse consigo mismas en presencia de otros.
En una época que enferma por desconexión, aprender a coordinar grupos terapéuticos es una tarea cada vez más necesaria.
Cuando un grupo logra volverse un espacio íntimo, confiable y vivo, algo profundo sucede: las personas recuerdan que no están solas, que pueden volver a sentir, que pueden volver a confiar, y que el camino hacia sí mismas también puede recorrerse junto a otros.
Cierre
La soledad no se resuelve solamente diciéndole a alguien que salga, se distraiga o conozca gente. Muchas veces requiere reconstruir lentamente la confianza en el vínculo. Reaprender a estar con otros. Volver a sentir que hay un lugar donde la propia vida puede ser recibida.
La terapia de grupo puede ser una de las respuestas más valiosas de nuestro tiempo porque trabaja allí donde la herida contemporánea duele con más fuerza: en el lazo entre el yo y los otros.
En una cultura que ha exaltado el narcisismo y la autonomía hasta convertirlos, muchas veces, en aislamiento, quizá necesitemos recordar algo esencial: madurar no es aprender a no necesitar a nadie.
Madurar es poder estar con otros sin perderse, poder estar solo sin quedar abandonado, y poder participar de una comunidad sin renunciar a la propia alma.
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Nota:
Las referencias fueron seleccionadas para orientar la lectura y sostener los principales ejes del artículo. La información bibliográfica de Spangenberg fue corroborada en registros bibliográficos uruguayos, donde figura la edición de Montevideo: Psicolibros Universitario, 2010, ISBN 978-9974-7975-1-9.
Autor: Prof. Mag. Nelson Pérez Colev. Con asistencia editorial de ChatGPT (OpenAI)
Fecha de creación: 10 de mayo de 2026. Versión web para Casa Calma