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Una mirada clínica y humanista sobre los vínculos de pareja actuales. 

Muchas parejas llegan a consulta diciendo algo parecido:

  • “Nunca podemos hablar. Estamos juntos, pero me siento sola.”
  • “Siempre terminamos discutiendo por pequeñeces.”
  • “Ya no sé si somos pareja o compañeros de crianza.”
  • “Cuando intento acercarme, se aleja.”
  • “Cuando me reclama, no puedo evitar retirarme.”
  • “No entiendo cómo me pudo hacer eso.”


Estas frases no hablan necesariamente de falta de amor. Muchas veces hablan de algo más complejo: dos personas que se quieren, pero han quedado atrapadas en una forma dolorosa de vincularse.

Duele el desencuentro. Duele la falta de contacto. Duele la pérdida de deseo. Duele sentirse lejos de alguien con quien se comparte la vida.

Una pareja no consulta solamente porque discute o se siente desmotivada. Consulta porque algo del vínculo se ha vuelto repetitivo, defensivo, doloroso, o porque ocurrió algo que no logra transformarse sin ayuda.

A veces el problema visible es la comunicación, los celos, la sexualidad, la crianza, la economía, las familias de origen o una infidelidad. Pero debajo de esos temas suelen moverse preguntas más hondas:

  • ¿Soy importante para vos?
  • ¿Me ves?
  • ¿Puedo confiar?
  • ¿Estás para mí?
  • ¿Puedo necesitarte sin sentirme débil?
  • ¿Puedo expresar un deseo personal sin que eso amenace el vínculo?


Después de muchos años de escuchar parejas, he visto que muchas veces el dolor no aparece por falta de amor, sino por la dificultad de cultivarlo de una forma más adulta.

La terapia de pareja comienza, muchas veces, cuando dos personas pueden empezar a mirar no solo de qué discuten, sino qué les ocurre internamente cuando intentan pedir, acercarse, defenderse o retirarse.

En el desarrollo de la terapia, cuando logran conectarse con una emoción, una necesidad o una dificultad, y pueden expresarla dentro de un encuadre terapéutico seguro, muchas veces descubren algo sencillo y profundo: permitirse estar vulnerables puede volver a acercarlos íntimamente.


Las parejas actuales: más libertad, más exigencia, más fragilidad

Las parejas de hoy viven en un contexto muy distinto al de generaciones anteriores. Hay más libertad para elegir, separarse, rehacer la vida, cuestionar mandatos y construir vínculos más auténticos. Pero también hay más expectativas depositadas sobre la pareja.

Se espera que la pareja sea compañera, amante, refugio emocional, proyecto de vida, sostén cotidiano, familia, espacio de crecimiento personal y, a veces, también remedio para la soledad.

Esa expectativa es hermosa, pero puede volverse excesiva.

No todas las personas llegan a la pareja con la misma disponibilidad para construir apego, cuidado mutuo, validación, compromiso y capacidad de sostener diferencias. Si se pretende que el vínculo sea el único lugar donde encontrar alivio, sentido, erotismo, pertenencia y reparación de viejas heridas, la pareja puede quedar sobrecargada.

A esto se suman las exigencias actuales: trabajo, formación, crianza, desarrollo personal, redes sociales, cansancio emocional y una cultura que muchas veces empuja a resolver rápido lo que necesita tiempo de elaboración.

Byung-Chul Han, en La agonía del Eros, plantea que el Eros se debilita cuando desaparece la experiencia del otro como alteridad: como diferencia, misterio y presencia que nos transforma. Cuando la cultura evita la espera, la frustración y la incomodidad, el otro corre el riesgo de volverse alguien que debería adaptarse rápidamente a mi deseo, a mi ritmo o a mi imagen.

Pero el amor no crece solamente en lo igual. También necesita encontrarse con lo distinto. Si bien hoy se ve en las parejas más libertad y más conciencia, también hay más dificultad para sostener procesos vinculares profundos.


No discutimos solo por discutir

En la superficie, las parejas discuten por tareas domésticas, dinero, hijos, horarios, sexualidad, familia política, proyectos, celular, cansancio o decisiones cotidianas.

Pero en la clínica vemos que el tema visible muchas veces es apenas la puerta de entrada.

Una discusión por un asunto de la casa puede esconder una vivencia de desconsideración. Una pelea por el celular puede expresar miedo a quedar de lado. Un reclamo por falta de deseo puede tocar heridas de rechazo o vergüenza. Una discusión sobre los hijos puede revelar que la pareja dejó de tener un espacio propio.

Por ejemplo, una persona puede decir: “Nunca ayudás en nada”. Pero detrás de esa frase quizá haya algo más vulnerable: “Me siento sola”, “necesito sentir que estás para mí”, “quiero sentir que somos un equipo”.

Si la pareja solo escucha el reproche, probablemente se defienda. Si logra escuchar la necesidad que hay detrás, puede aparecer una conversación diferente.

Por eso, en terapia de pareja, no alcanza con preguntar quién tiene razón. La pregunta más profunda suele ser:

¿Qué se activa en cada uno cuando ocurre esta escena?

Muchas veces la pareja está discutiendo por un hecho actual, pero reaccionando desde una historia mucho más antigua, personal o vincular.


El patrón repetitivo: la danza que atrapa

Muchas parejas no sufren solamente por lo que les pasa. Sufren porque les pasa siempre de un modo parecido.

Uno reclama y el otro se cierra. Uno se angustia y el otro se defiende. Uno busca hablar y el otro se siente atacado. Uno sube el tono y el otro se retira. Uno persigue y el otro se distancia.

Y cuanto más se distancia uno, más desesperado se vuelve el reclamo del otro.

Así se arma una danza dolorosa.

Cada uno cree estar reaccionando al otro, pero ambos quedan tomados por un circuito que los supera. Cuando ese circuito se instala, ya no hablan dos personas disponibles para encontrarse. Hablan dos sistemas nerviosos en defensa, dos historias heridas, dos modos de protegerse.

Desde la teoría del apego, muchas peleas pueden comprenderse como protestas de apego: formas, a veces torpes o agresivas, de preguntar si el otro está disponible, si todavía le importo, si el vínculo sigue siendo seguro.

Desde una mirada gestáltica, podríamos decir que el contacto se interrumpe. En lugar de encontrarse, cada uno se organiza para sobrevivir emocionalmente: uno acusa, otro se endurece; uno se acerca invadiendo, otro se protege desapareciendo.

Desde la perspectiva sistémica, observamos la pauta relacional: no solamente lo que hace cada individuo, sino lo que ambos co-crean entre sí, y como puede incidir en esto los vínculos transgeneracionales.

Y desde la psicología junguiana, podemos preguntarnos qué complejo se activa cuando comienza la discusión: qué antigua herida, imagen interna o historia familiar empieza a hablar a través de la pareja actual.

Un ejemplo sencillo: ella le dice “nunca querés hablar conmigo”. Él escucha “otra vez estoy fallando” y se encierra. Ella ve su silencio y siente abandono. Entonces insiste con más fuerza. Él se siente más atacado y se aleja más. Ninguno quiere lastimar al otro, pero ambos quedan atrapados en una red de emociones que, en lugar de acercarlos, produce más distancia.

La terapia ayuda a que la pareja pueda ver esa danza. No para buscar culpables, sino para reconocer el circuito, comprender qué heridas se activan y empezar a interrumpirlo.


Cuando lo antiguo entra en la relación

Nadie llega completamente libre a una pareja. Cada persona trae su historia, sus vínculos tempranos, sus defensas, sus imágenes internas sobre el amor, el abandono, la confianza, la autoridad, la entrega, la dependencia, el cuidado y la libertad.

A veces una persona no responde solamente a su pareja actual, sino también a una antigua experiencia de su familia de origen: no haber sido vista, no haber sido cuidada, haber sido invadida, exigida, criticada o dejada sola emocionalmente.

El silencio del otro no es solo silencio: puede tocar una memoria de abandono. Una crítica pequeña no es solo una crítica: puede despertar una vieja vivencia de humillación. La necesidad del otro no es solo necesidad: puede sentirse como invasión si en la historia personal el amor estuvo mezclado con exigencia.

En términos junguianos, la pareja suele constelar complejos. Es decir, activa núcleos afectivos profundos, cargados de memoria, emoción e imágenes. Cuando un complejo se activa, la persona ya no responde solamente desde el presente: reacciona desde una zona más antigua de sí misma.

Por eso no alcanza con enseñar técnicas de comunicación. Las técnicas ayudan, pero no sustituyen la comprensión profunda de lo que se juega en la escena vincular.

Una persona puede aprender a decir “yo siento” en lugar de “vos siempre”, y eso puede ser útil. Pero si cada vez que siente distancia se activa una antigua vivencia de abandono, o si cada vez que recibe un reclamo se siente internamente humillada o insuficiente, la técnica sola no es suficiente.

Hace falta comprender qué herida se despierta, qué defensa aparece y qué necesidad profunda intenta expresarse.

A veces, cuando alguien dice “yo soy así”, está nombrando algo de su carácter; pero también puede estar defendiendo una forma antigua de protegerse. Quizá esa defensa alguna vez ayudó a sobrevivir emocionalmente, pero hoy dificulta el encuentro.


La pareja como campo relacional

Una pareja no es simplemente la suma de dos individuos. Es un campo vivo de relaciones actuales, familiares y transgeneracionales.

En ese campo aparecen roles, pactos inconscientes, modos de poder, estrategias de defensa, heridas de pertenencia, lealtades familiares, expectativas culturales, erotismo, ternura, rivalidad, miedo, deseo y necesidad de reconocimiento.

También se hacen presentes las familias de origen. No necesariamente porque los padres o abuelos estén físicamente allí, sino porque muchas veces siguen viviendo en los modos aprendidos de amar, callar, controlar, obedecer, reclamar o retirarse.

Algunas parejas quedan atrapadas en desórdenes sutiles: hijos que ocupan el centro de todo y desplazan el vínculo de pareja; parejas anteriores que no fueron suficientemente reconocidas; familias ensambladas donde no se respeta la historia previa de cada uno; lealtades invisibles que impiden entregarse plenamente al vínculo actual.

Desde una perspectiva sistémica, muchas veces el amor necesita también orden: lugares claros, pertenencias reconocidas, respeto por lo anterior, diferenciación entre pareja y parentalidad, equilibrio entre dar y recibir.

No se trata de aplicar reglas rígidas. Se trata de mirar el vínculo dentro de una red más amplia.

Una pareja puede consultar porque “ya no tenemos espacio para nosotros”. Pero al mirar con más cuidado, aparece que uno de los hijos ocupa emocionalmente el centro de la casa, o que la familia de origen de uno de los integrantes sigue teniendo más peso que la pareja actual.

En esos casos, el problema no se resuelve solamente con “salir más juntos”. Es necesario ordenar lugares, reconocer historias y devolverle a la pareja un espacio propio.


El Eros, la pareja interior y la alteridad

El amor de pareja no se sostiene solo en la similitud. También necesita alteridad.

El otro no está allí solamente para confirmarme, calmarme o completarme. También está allí para mostrarme algo distinto, algo que no controlo, algo que a veces me incomoda y me obliga a crecer.

En el mito relatado por Platón, Eros nace del encuentro entre Poros y Penia: la abundancia y la carencia. Esta imagen recuerda que el amor no surge solo de lo que está completo, sino también de aquello que falta, busca y se abre al otro. Por eso la pareja no es solamente un lugar de satisfacción; también revela necesidades, heridas y posibilidades de crecimiento.

Desde la psicología junguiana, podríamos decir que la pareja exterior toca siempre la pareja interior.

La pareja interior no se refiere a “tener una pareja dentro de uno”, sino al modo en que cada persona lleva en su mundo psíquico ciertas imágenes y vivencias de lo femenino, lo masculino y el vínculo entre ambos.

En este sentido simbólico, lo masculino y lo femenino no pertenecen exclusivamente al hombre o a la mujer. Son principios interiores presentes en cualquier persona.

Lo masculino puede expresarse como dirección, acción, estructura, decisión, pensamiento y capacidad de organizar la vida. Lo femenino puede expresarse como receptividad, sensibilidad, ternura, sensualidad, juego, conexión emocional, cuidado y apertura al misterio del otro.

Cuando estas dimensiones están relativamente integradas, la persona puede actuar y también sentir; puede organizar y también jugar; puede decidir y también recibir; puede sostener una dirección sin perder ternura.

Pero cuando una dimensión domina demasiado y la otra queda empobrecida, la pareja exterior suele sentirlo.

Por ejemplo, si ambos integrantes viven muy identificados con el rendimiento, la eficacia, el control y la organización, quizá funcionen muy bien como equipo: trabajan, pagan cuentas, resuelven horarios, cuidan hijos, toman decisiones. Sin embargo, el vínculo puede volverse poco sensual, poco lúdico, emocionalmente distante o eróticamente apagado.

No porque falte amor, sino porque la vida interior de la pareja quedó excesivamente polarizada hacia el “hacer” y perdió espacio para la ternura, el cuerpo, la emoción y el juego.

Podríamos decir, simbólicamente, que allí lo masculino organiza la casa, pero lo femenino no encuentra espacio para respirar, jugar o conmoverse.

También puede ocurrir lo contrario: una pareja puede tener mucha emoción, sensibilidad y deseo de fusión, pero poca estructura, pocos límites y dificultad para tomar decisiones concretas. Entonces el vínculo se vuelve intenso, pero inestable; afectivo, pero poco encarnado en acuerdos reales.

La madurez vincular no consiste en elegir una dimensión contra la otra. Consiste en permitir que ambas dialoguen.

El amor madura con el tiempo en la medida en que cada uno deja de pedirle al otro que encarne todo lo que aún no pudo integrar de sí mismo.


Qué hace un terapeuta de pareja

Un terapeuta de pareja no es un juez, un árbitro ni alguien que decide quién tiene razón.

Su tarea es más delicada: ayudar a que la pareja pueda ver la escena en la que ambos están atrapados.

A veces detiene una escalada. A veces traduce un reproche en una necesidad. A veces muestra una defensa sin humillar. A veces protege el espacio para que uno no invada y el otro no desaparezca.

A veces ayuda a que aparezca una frase sencilla, pero profundamente transformadora:

“Cuando te reclamo así, en realidad tengo miedo de no importarte.”

O:

“Cuando me cierro, no es que no me importe; es que me siento insuficiente y no sé qué hacer.”

En esos momentos, la pareja deja de pelear solamente por el contenido y empieza a encontrarse con la vulnerabilidad que estaba debajo.

Eso no significa justificar cualquier conducta. Una mirada compasiva no debe perder los límites. Cuando hay violencia, abuso, coerción o riesgo, el encuadre terapéutico debe priorizar la seguridad y evaluar cuidadosamente si corresponde o no un trabajo conjunto.

Pero en muchas parejas donde hay conflicto, dolor y defensa, todavía existe una posibilidad de comprensión. Y esa posibilidad necesita un espacio cuidado.

En Casa Calma nos interesa comprender primero el modo y el sentido del funcionamiento de la pareja tal como llega a consulta. No buscamos corregir de inmediato, sino ayudar a que la pareja pueda reconocerse en su propia danza. Solo entonces aparece una posibilidad más auténtica de transformación.


Formarse para acompañar parejas

Trabajar con parejas requiere una formación específica porque el terapeuta no trabaja solamente con una persona, sino con un vínculo.

Debe poder escuchar a cada integrante, pero también al campo que se crea entre ambos. Debe percibir patrones, escaladas, silencios, alianzas, triangulaciones, emociones primarias y defensas secundarias. Debe sostener intensidad emocional sin apurarse a resolver, sin tomar partido y sin quedar capturado por la escena.

También necesita revisar sus propias resonancias: qué le ocurre frente al enojo, la dependencia, la infidelidad, la sexualidad, la distancia afectiva, la separación, la parentalidad, la frustración o el deseo.

Porque la pareja toca zonas muy profundas de todos nosotros.

Formarse como terapeuta de pareja no es solamente aprender técnicas. Es desarrollar una mirada capaz de comprender el sentido de un vínculo, sus patrones repetitivos, sus complejos de fondo, sus defensas, su historia familiar y sus posibilidades de transformación. 

La terapia de pareja no busca producir vínculos ideales ni ajustados a un modelo perfecto. Su propósito es ayudar a que dos personas puedan mirarse con mayor autenticidad, reconocer lo que cada una aporta al vínculo y, si es posible, construir una forma más consciente, cuidadosa y humana de comunicarse y estar juntas.

A veces el proceso lleva a reparar. A veces lleva a diferenciarse. A veces lleva a separarse con más conciencia y menos destrucción. A veces permite que vuelva a aparecer algo que parecía perdido: la ternura, el respeto, el deseo, la palabra, la presencia.

Quien quiera trabajar con parejas no solo necesita teoría y metodología. También necesita aprender a validar y sostener los dolores y vulnerabilidades de cada uno, sin atribuir rápidamente la razón a ninguno.


Cierre

Quizás una de las tareas más profundas de la terapia de pareja sea ayudar a que dos personas puedan dejar de verse como enemigas, culpables o funciones dentro de una casa, y puedan volver a reconocerse como seres humanos intentando amar, defenderse, pedir, protegerse y encontrar un lugar.

Cuando una pareja puede comprender su danza, algo se abre.

No siempre se resuelve todo. No siempre el camino es sencillo. Pero aparece una posibilidad nueva: dejar de repetir ciegamente lo que duele y empezar a construir una forma más consciente de vínculo.

En tiempos donde el Eros parece muchas veces agotado, confundido o reemplazado por la exigencia, la terapia de pareja puede ofrecer un espacio para recuperar algo esencial: la capacidad de encontrarse con otro, no como extensión de uno mismo, sino como presencia cercana, íntima, diferente y profundamente humana.

Este artículo forma parte de una línea de reflexión clínica de Casa Calma sobre los vínculos contemporáneos.

Desde esta mirada nace también nuestra Formación en Terapia con Grupos y Parejas, orientada a psicólogos, terapeutas y profesionales afines que deseen aprender a acompañar vínculos desde una perspectiva gestáltica, junguiana, sistémica y emocionalmente sensible.

Más que enseñar técnicas, nos interesa formar una mirada clínica capaz de cuidar la complejidad del amor humano.

La formación comienza el 27 de junio.

 

Casa Calma, junio de 2026
Autor: Prof. Mag. Nelson Pérez Colev
Con apoyo editorial de IA