(Anima mundi y salud psíquica desde la mirada de Casa Calma)
En el artículo anterior compartí una visión sistémica de Casa Calma: la vida como una gran trama de relaciones, desde las galaxias hasta la familia y la psique humana. Hoy quiero detenerme en una intuición antigua, y a la vez, muy actual: la idea de que existe un alma del mundo —anima mundi— y de que muchos de los síntomas que vemos en nuestra clínica psicológica y en la sociedad son, en parte, señales de que esa alma común está herida.
1. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de “alma del mundo”?
En la tradición filosófica y espiritual, diferentes lenguajes han señalado algo parecido:
- El mundo no es solo un montón de cosas, sino un tejido vivo.
- La realidad no es solo materia, también tiene interioridad, sentido, misterio.
Para C. G. Jung, lo psíquico no se reduce a lo que pasa “dentro de mi cabeza”. Él habló de inconsciente colectivo y de una unidad profunda entre materia y psique (unus mundus). De algún modo, la vida interior y el mundo comparten un mismo fondo. No somos islas: estamos hechos del mismo material físico y simbólico que todos.
Jung lo expresa de manera muy bella cuando afirma que “el sueño es la pequeña puerta escondida en el santuario más íntimo y profundo del alma” (Jung, 2023).
James Hillman retoma esta idea de otro modo: propone que el alma no está encerrada adentro nuestro, sino que estamos “sumergidos” en un alma más amplia y antigua. El mundo está lleno de imágenes, presencias, significados: la ciudad de noche, un árbol viejo, una plaza vacía después de la lluvia… todo eso también “nos mira”. El anima mundi es esa dimensión sensible del mundo que nos afecta, nos envuelve a todos, y a la vez, pide ser cuidada.
Como sugiere Hillman, “podemos imaginar el anima mundi como esa chispa de alma que se ofrece en cada cosa en su forma visible” (Hillman, 2017).
2. De la red de la vida a la herida del alma del mundo
Desde las ciencias, Fritjof Capra describió la Tierra como una red de procesos interconectados: ecosistemas, clima, ciclos del agua y del carbono, comunidades de seres vivos. Cuando esta trama se desregula —por ejemplo, por la crisis climática— no solo se altera la temperatura o el nivel del mar: también se altera nuestra identidad, nuestra experiencia de seguridad, de futuro, de pertenencia, del mundo en que vivimos, de la ética que cuida la vida.
Las tradiciones budistas hablan de interdependencia: nada existe aislado, todo surge en relación con todo. Del mismo modo, muchas culturas originarias indígenas han entendido siempre la Tierra como un ser vivo o como una Madre que respira, siente, nutre y responde. Tratarla solo como “recurso” o “propiedad” a explotar, es un modo de violencia.
Cuando olvidamos esto, el alma del mundo se va apagando. No porque desaparezca, sino porque dejamos de sentir resonancia y empatía con ella. Algunos signos cotidianos de ese apagamiento podrían ser:
- Aumento de la experiencia interna de soledad, depresión y vacío.
- Personas que pasan días enteros entre pantallas, sin saber de qué lado sale el sol en su ciudad ni en qué fase está la luna.
- Niños que casi nunca pisan el pasto ni trepan un árbol, pero conocen de memoria marcas de celulares y personajes de series.
- Adultos que le cuesta sentir la belleza de un parque, o la alegría en el juego de niños, y se les dificulta enfocar y percibir el olor de la tierra húmeda o el canto de los pájaros.
No se trata de idealizar el pasado, sino de mirar con honestidad cómo se ha ido adelgazando nuestra sensibilidad hacia el entorno vivo, y por supuesto, con otros humanos.
3. Psicopatología contemporánea: cuando el alma del mundo se expresa en nuestros síntomas
Muchos consultantes llegan a terapia diciendo cosas como:
- “Estoy cansado todo el tiempo y no sé de qué.”
- “No siento casi nada, es como si estuviera apagado por dentro.”
- “Me cuesta empatizar, me irrito con facilidad y quiero estar solo.”
- “Siento angustia por el futuro del planeta y a la vez no puedo dejar de vivir en piloto automático.”
Por supuesto, cada historia es única y hay factores biológicos, familiares y personales que atender. Pero si miramos con ojos junguianos y sistémicos, podemos ver algo más: lo que ocurre en los cuerpos y las psiques individuales funcionan como sismógrafos que advierten lo que pasa en el campo mayor que nos contiene a todos, en esta alma del mundo.
El filósofo Byung-Chul Han habla de la “sociedad del cansancio”: un modo de vida que nos empuja a ser autoexigentes, hiperproductivos y siempre disponibles. Cuando el ideal es rendir más, mostrarse más, acumular más tareas, el resultado es un sujeto agotado, ansioso, con dificultad para el descanso profundo y el encuentro real con otros y con la naturaleza. El alma del mundo se resiente cuando todo se convierte en rendimiento y consumo.
Han es muy claro cuando señala que la economía en el modo actual “…no se ocupa de la vida buena” (Han, 2020).
Desde la mirada de Mircea Eliade, podríamos decir que hemos perdido muchos espacios de lo sagrado: momentos, lugares y gestos que nos sacan del ritmo utilitario y nos conectan con los ciclos naturales de la vida, y con algo mayor. Sin rituales compartidos, sin tiempos de silencio, sin experiencias de asombro, la vida se vuelve plana, aburrida, vacía. La necesidad de lo sagrado en el ser humano no desaparece por no atenderla y, a veces, reaparece pretendiendo satisfacerse en adicciones, fanatismos o búsquedas desesperadas.
En la clínica, esto se traduce en:
- Depresiones vividas como falta total de sentido: “Todo da igual”.
- Ansiedades difusas ligadas al clima, a la guerra, a la saturación de noticias trágicas.
- Dificultad para sentir el cuerpo: personas que comen sin hambre, trabajan sin pausa, tienen sexo sin sensualidad, duermen sin poder descansar.
- Empatía embotada: cuesta registrar y sentir el dolor o la alegría del otro, cuando yo mismo estoy saturado.
Desde esta perspectiva, los síntomas no son solo “fallas individuales”: son también mensajes de una trama más grande que pide ser atendida.
4. Sabidurías que ayudan a recomponer la relación
“Sanar es volver a sentir que formamos parte a través de nuestras relaciones: cuerpo-mente-espíritu, amistades, pareja, familia, comunidad, mundo.”
Distintas miradas coinciden en este punto:
La psicología junguiana nos invita a escuchar el mensaje de los sueños, fantasías, imágenes, como si una parte profunda de la vida nos hablara: un mar contaminado en un sueño, un bosque arrasado, un animal herido que aparece en la imaginación… No son “solo cosas de la mente”; la anima mundi se expresa en símbolos que expresan mensajes sobre cómo estamos vinculados al mundo y a nosotros mismos.
La Terapia Gestalt pone el acento en el aquí y ahora, en el contacto con el cuerpo, la emoción y el entorno. Recuperar la capacidad de sentir —la silla donde me siento, el aire que entra en mí, la mirada del otro— es una forma simple y profunda de honrar el alma del mundo. Cada gesto de presencia interrumpe el automatismo.
La mirada sistémica recuerda que pertenecemos a redes de vínculos: familia, comunidad, pueblo, humanidad. Cuidar los órdenes (pertenencia, jerarquía, equilibrio entre dar y tomar) en estos sistemas para que fluya el amor, no es solo un asunto privado; tiene resonancia en cómo habitamos la Tierra, cómo miramos a las siguientes generaciones y como honramos a las anteriores.
La sabiduría budista y muchas tradiciones indígenas nos enseñan a relacionarnos con la realidad, con el contexto que nos sostiene, con respeto, atención y gratitud. Encender una vela, agradecer un alimento, pedir permiso al entrar a un monte, guardar silencio en la naturaleza: son gestos sencillos que reintroducen lo sagrado en lo cotidiano.
Todas estas perspectivas, cada una a su manera, nos ayudan a pasar de la vivencia “estoy solo en un mundo muerto” a la experiencia “formo parte de una trama viva” que también me cuida cuando la cuido. En esta perspectiva se sugieren pautas para sanar el alma de las familias y la gran familia del mundo.
5. Algunos ejemplos cotidianos de cuidado del alma del mundo
No se trata de grandes gestas heroicas, sino de pequeños actos sostenidos:
- Una persona que sale a caminar cada día procurando escuchar sonidos de su barrio y sentir los árboles del camino.
- Una familia que decide dedicar un rato semanal a hablar con sus hijos sobre lo que sienten en la vida cotidiana, en sus tareas, en sus relaciones.
- Alguien que se detiene a escuchar que le quiere decir esa tristeza, esa angustia, ese dolor, ese miedo activado en alguna relación, sin apresurarse a “borrar” el síntoma.
- Un grupo que realiza un pequeño ritual antes de comenzar un taller: respirar juntos, recordar a sus ancestros, traer a la mente a quienes no tienen voz en este mundo.
Son acciones sencillas, pero todas tienen algo en común: reconocen que no estamos solos y que la salud incluye nuestra relación con el entorno, con los otros y con una dimensión de misterio.
6. La propuesta de Casa Calma: salud como tejido vivo
Desde Casa Calma entendemos la salud no solo como ausencia de síntomas, sino como la capacidad de:
- sentir y dar lugar a las emociones;
- estar presentes en el cuerpo;
- vincularnos con otros desde la dignidad y el respeto;
- mantener viva la relación con la naturaleza, con los símbolos y con lo sagrado, en el lenguaje que cada uno elija.
Nuestra tarea, como terapeutas y formadores, consiste en cuidar la trama: acompañar procesos personales y grupales donde se restaure el vínculo consigo mismo, con los otros y con el mundo. Humanismo, psicología junguiana, Gestalt, mirada sistémica, tradiciones espirituales y saberes ancestrales no son compartimentos estancos: son diferentes puertas hacia una misma experiencia de pertenecer todos a un alma más grande.
Cuando escuchamos un sueño, cuando ayudamos a una persona deprimida a encontrar una pequeña chispa de sentido, cuando acompañamos a alguien a reconciliarse con su historia familiar, estamos —humildemente— colaborando con la sanación del alma del mundo.
Quizás el desafío de nuestra época sea este: aprender a vivir de un modo que no enferme la trama de la vida, y encontrar en esa tarea un sentido compartido. Desde Casa Calma, este es el hilo que queremos seguir tejiendo en nuestros espacios terapéuticos, de formación y de reflexión.
Fecha: noviembre de 2025
Autor: Prof. Mag. Nelson Pérez Colev, con asistencia de IA.
Referencias
Capra, F. (1998). La trama de la vida. Una nueva perspectiva de los sistemas vivos. Barcelona: Anagrama.
Eliade, M. (2014). Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós. (Obra original publicada en 1957).
Han, B.-C. (2020). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder. (Obra original publicada en 2010).
Hillman, J. (2017). El pensamiento del corazón y el retorno del alma al mundo. Girona: Ediciones Atalanta.
Jung, C. G. (2023). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós. (Obra original publicada en 1964)