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Apego, alianza y límites en la relación terapéutica.

La psicoterapia no cura solamente por lo que el terapeuta sabe o hace. También puede transformar por la calidad de una relación que ofrece seguridad, permite revisar viejos modos de apego y sostiene experiencias emocionales nuevas, sin confundir cercanía con ausencia de límites.

Nota de confidencialidad: las escenas clínicas de este artículo combinan y modifican situaciones de distintos procesos, con el fin de preservar la identidad de las personas.

En una sesión, el terapeuta advierte que ha olvidado un dato importante o ha cometido un error con el horario. El paciente responde rápidamente: «No importa, está todo bien». Parece una reacción amable, pero su excesiva tolerancia también puede contener otra historia: quizá aprendió que enojarse, reclamar o necesitar demasiado ponía en riesgo el cariño de los demás. En vez de aceptar sin más esa indulgencia, el terapeuta puede reconocer su error y preguntar con cuidado: «me pregunto si realmente no te molestó, o si una parte tuya teme que mostrar enojo pueda afectar nuestra relación«.

Una escena pequeña puede abrir un asunto decisivo. El paciente no solo habla de cómo se vincula: lo muestra en el encuentro. Y si la relación terapéutica puede recibir su malestar sin castigarlo, negarlo ni retirarle el afecto, aparece una experiencia distinta de aquella que esperaba repetir.

El vínculo no es solamente el contexto de la terapia

La teoría del apego mostró que los seres humanos necesitamos figuras suficientemente disponibles para buscar protección, regulación y confianza cuando nos sentimos amenazados. A partir de esas experiencias tempranas se van formando expectativas acerca de los vínculos: si podremos pedir ayuda, si seremos recibidos, si el otro permanecerá cerca o si conviene callar, complacer, controlar o retirarse antes de ser heridos (Bowlby, 1988/1989).

Esas formas de protegerse no quedan encerradas en la infancia. Reaparecen en las relaciones adultas y también en el consultorio. Por eso el vínculo terapéutico no es solo el medio amable dentro del cual se aplica una técnica. Es uno de los lugares donde el paciente vuelve a experimentar sus modos habituales de acercarse, desconfiar, depender, esconderse, idealizar o temer el abandono. Y puede convertirse, a la vez, en un espacio donde ensayar algo nuevo.

La investigación en psicoterapia respalda la importancia de la alianza terapéutica. Una amplia síntesis de 295 estudios, con más de 30.000 pacientes, encontró una asociación consistente entre la calidad de la alianza y los resultados del tratamiento (Flückiger et al., 2018). Esta asociación no demuestra que la relación, por sí sola, explique toda mejoría. Los recursos del paciente, las intervenciones, las expectativas, el contexto vital y otros factores también participan. Pero sí impide considerar el vínculo como un detalle secundario.

Apego, alianza, transferencia y relación real

Para pensar con claridad qué puede sanar en el encuentro conviene diferenciar conceptos que se relacionan, pero no son equivalentes. El apego refiere a la búsqueda de seguridad y disponibilidad de una figura significativa. En terapia puede activarse con especial intensidad cuando el paciente se siente vulnerable, teme ser abandonado o necesita comprobar si el terapeuta seguirá presente.

La alianza terapéutica comprende el acuerdo acerca de los propósitos del tratamiento, la colaboración en las tareas y el vínculo afectivo que permite realizarlas (Bordin, 1979). Puede existir afecto sin una alianza sólida, por ejemplo, si no está claro para qué se trabaja; y puede existir un acuerdo formal que carezca de la confianza necesaria para abordar lo que verdaderamente importa.

La transferencia es la actualización, en la relación con el terapeuta, de expectativas, temores y modos de vincularse construidos en relaciones anteriores. No significa que todo lo que el paciente siente sea una ilusión. Significa que el presente queda coloreado por su historia. La contratransferencia abarca lo que ese encuentro despierta en el terapeuta: ternura, irritación, temor, cansancio, deseo de proteger, necesidad de ser valorado o impulso de alejarse. Cuando estas respuestas se reconocen y elaboran, pueden aportar información clínica. Cuando se actúa sin conciencia, pueden confundir el proceso y dañar al paciente (Hayes et al., 2018).

También existe una relación real: el encuentro entre dos personas que, aunque ocupan lugares diferentes, pueden percibirse con cierta autenticidad y realismo (Gelso, 2011). El terapeuta no es solamente una pantalla para las proyecciones del paciente, ni el paciente es únicamente un caso. Ambos participan de una experiencia humana. La diferencia crucial es que poseen igual dignidad, pero no la misma responsabilidad.

Una base segura, no una nueva familia

En algunos momentos, el terapeuta puede cumplir funciones semejantes a las de una base segura: ofrecer continuidad, disponibilidad emocional, regulación y una presencia desde la cual el paciente se anime a explorar experiencias dolorosas (Bowlby, 1988/1989; Wallin, 2007/2012). Esto no convierte al terapeuta en padre o madre, ni autoriza a reconstruir literalmente la infancia dentro del consultorio.

Un paciente puede preguntar, a veces sin palabras, si el terapeuta será capaz de sostener aquello que todavía no se atreve a contar. Frente a esa duda, puede ser necesario responder con claridad: «Creo que puedo acompañarte en esto y ese es mi compromiso profesional. También comprendo que no puedas confiar de inmediato si en tu historia no hubo alguien con quien compartir tu dolor, tu vergüenza, tu enojo o tu angustia. No tenés que contarlo antes de estar preparado».

La respuesta ofrece sostén sin exigir confianza. Reconoce la capacidad del terapeuta y, al mismo tiempo, respeta la cautela del paciente. La confianza no se reclama: se construye mediante la coherencia entre las palabras, los actos y el encuadre.

El objetivo tampoco es que el paciente dependa indefinidamente de esa base externa. Una relación terapéutica suficientemente buena favorece que, con el tiempo, la seguridad pueda interiorizarse, extenderse a otros vínculos y transformarse en una mayor capacidad de cuidarse, pedir ayuda, poner límites y tolerar la separación.

Cuando el sentimiento es real, pero la relación no puede transformarse en otra cosa

La intensidad afectiva de la terapia puede adquirir formas amorosas, eróticas o idealizadas. Una paciente puede sentirse enamorada de su terapeuta, creer que ocupa un lugar especial y tratar de seducirlo. Reducir esa experiencia a «solo una transferencia» puede resultar humillante; tomarla literalmente y corresponderle sería una grave transgresión.

Es posible reconocer que el sentimiento existe y merece ser comprendido, sin convertirlo en una relación romántica o sexual: «Lo que sentís es importante y podemos trabajar con ello. Al mismo tiempo, nuestra relación es profesional, asimétrica y tiene límites que debo cuidar para protegerte y proteger el proceso». La pregunta terapéutica no es solamente si ese amor es «verdadero» o «transferencial», sino qué necesidad, qué esperanza, qué temor o qué modo de ser visto encuentra allí una forma de expresarse.

El límite no es lo contrario del afecto. Es una de sus formas más responsables. Permite que lo sentido pueda pensarse y transformarse, en lugar de ser utilizado para satisfacer necesidades del terapeuta. La asimetría del vínculo implica derechos y obligaciones diferentes: el paciente puede traer su deseo y su vulnerabilidad; el terapeuta debe sostener el encuadre, no aprovechar su lugar de poder y buscar supervisión cuando la situación lo requiera.

Reparar puede ser más transformador que no fallar

Ningún terapeuta está siempre disponible, comprende todo ni recuerda cada detalle. La idealización de una presencia perfecta puede ser tan problemática como la frialdad. Lo decisivo no es evitar toda falla, sino poder reconocerla, escuchar su efecto y reparar sin defensividad.

En la escena inicial, la reparación comienza cuando el terapeuta se hace responsable de su olvido sin pedir al paciente que lo tranquilice. Después puede explorar qué significó para él: si se sintió poco importante, si apareció enojo o si necesitó proteger el vínculo fingiendo que nada había ocurrido. Cuando el paciente descubre que puede expresar molestia y seguir siendo recibido, no solo comprende un patrón: vive una experiencia relacional diferente.

Los estudios sobre rupturas de la alianza terapéutica indican que su reconocimiento y reparación se asocian con mejores resultados terapéuticos (Eubanks et al., 2018; Safran y Muran, 2000/2005). Una falla trabajada puede ser más transformadora que una armonía aparente, porque enseña que el conflicto no tiene que terminar en abandono, humillación o sometimiento.

La contribución humanista y el encuentro con la persona completa

Las terapias humanistas aportaron una comprensión decisiva: el cambio no depende únicamente de interpretar correctamente al paciente, sino también de la calidad de presencia con que se lo encuentra. La empatía, la autenticidad y la aceptación propuestas por Rogers (1961/2023), junto con el diálogo, la fenomenología y la teoría de campo desarrolladas en la Gestalt (Yontef, 1995), invitan a recibir a la persona más allá de su diagnóstico.

Esta mirada incluye lo que ocurre en el cuerpo: la respiración que se interrumpe, la postura que se repliega, la mirada que busca y evita, el tono de voz, la distancia, el silencio y los cambios de vitalidad. El cuerpo no es un objeto agregado a la palabra; participa del contacto y de la regulación emocional. Los momentos presentes compartidos pueden modificar conocimientos relacionales implícitos que no siempre cambian mediante una explicación intelectual (Stern, 2004/2017).

El contacto corporal directo, incluido un abrazo, exige una consideración especial. No es terapéutico por el solo hecho de ser cálido, ni es necesariamente inadecuado en toda circunstancia. Puede consolar a una persona y resultar invasivo, confuso o retraumatizante para otra. Antes de incorporarlo conviene considerar su sentido clínico, quién lo solicita, la historia de trauma, la cultura, la capacidad real de consentir o negarse, la asimetría de poder, las normas profesionales y lo que el gesto despierta en ambos. También debería poder hablarse de la experiencia después y llevarse a supervisión cuando sea necesario (Guest y Parker, 2022). A veces, no tocar y permanecer emocionalmente presente constituye una forma más profunda de cuidado.

Nada de esto es patrimonio exclusivo de un terapeuta humanista. Una relación sensible y ética puede construirse desde diversas orientaciones. El aporte específico de las tradiciones humanistas y gestálticas consiste en haber situado en primer plano el encuentro, la emoción, el cuerpo y la persona completa. Pero la calidad humana del terapeuta depende también de cómo se ha formado, cuánto ha trabajado sobre sí y qué vida sostiene fuera del consultorio.

El terapeuta también está implicado

El terapeuta no observa desde un lugar emocionalmente neutro. Algunos pacientes despiertan ternura; otros, impotencia, fascinación, temor o rechazo. También puede aparecer el deseo de ser imprescindible, de reparar rápidamente, de demostrar eficacia o de recibir un afecto que falta en la vida personal. El problema no es sentir. El riesgo comienza cuando el terapeuta desconoce lo que siente y lo convierte, sin advertirlo, en una acción sobre el paciente.

La imagen junguiana del “sanador herido” ayuda a recordar que quien acompaña el sufrimiento también conoce la vulnerabilidad. Conviene presentarla como una metáfora clínica y arquetípica, no como un mecanismo demostrado ni como una idealización de la herida. No es la herida la que capacita al terapeuta. Es el trabajo que ha realizado, y continúa realizando, con ella (Jung, 2006). Una herida no elaborada puede volverlo más sensible, pero también más reactivo, salvador, rígido o dependiente del reconocimiento de sus pacientes.

Por eso, la terapia personal, la supervisión, la formación permanente y el diálogo con colegas no son lujos. Forman parte del cuidado del paciente. También lo son el descanso, los vínculos significativos, el cuerpo, el placer, los intereses propios y una vida suficientemente buena fuera de la profesión. Cuando toda la necesidad de sentido, afecto o valoración del terapeuta queda depositada en su trabajo, aumenta el riesgo de retener al paciente, invadirlo o necesitar que no se vaya. Cuidar la propia vida ayuda a proteger la libertad del paciente.

La relación puede incluir afecto genuino, compromiso y conmoción en ambos, pero no una reciprocidad de necesidades semejante a la de una amistad, una pareja o una familia. El terapeuta puede dejarse afectar sin pedirle al paciente que lo cuide. Esa diferencia es parte del encuadre que hace posible la profundidad.

El paciente no llega solo y el vínculo pertenece a una trama mayor

Aunque el encuentro terapéutico ocurre entre dos personas, el paciente no llega solo al consultorio. Llega con una historia de vínculos, separaciones y pertenencias; con modelos de apego, pero también con lealtades, silencios, pérdidas, conflictos y formas de relacionarse construidas dentro de una familia y, muchas veces, a lo largo de varias generaciones.

Estos antecedentes no determinan inevitablemente su vida, pero pueden influir en aquello que espera de los demás, en lo que teme perder y en el lugar que tiende a ocupar. Una persona puede sentirse responsable del bienestar de todos, temer diferenciarse de su familia, repetir vínculos dolorosos o experimentar culpa cuando intenta vivir de una manera distinta.

Desde la perspectiva sistémico-fenomenológica de las Constelaciones Familiares, algunos procesos de cambio son descritos como movimientos sanadores. Pueden consistir en reconocer a alguien o algo que había sido excluido, distinguir las responsabilidades propias de las ajenas, dejar de cargar con aquello que no corresponde, asumir el propio lugar o encontrar una forma menos dolorosa de pertenecer.

En Los órdenes de la ayuda, Hellinger (2003/2006) plantea que el terapeuta no debería contemplar al paciente como un individuo aislado, sino percibirlo junto con sus padres, antepasados, pareja, hijos y demás vínculos significativos. Al mismo tiempo, propone que el ayudador se encuentre con el paciente adulto como otro adulto, sin convertirse en sustituto de sus padres ni asumir responsabilidades que solamente el paciente puede tomar. Este aporte converge con una idea central de este artículo: el terapeuta puede ofrecer una base segura sin apropiarse de un lugar que no le corresponde.

Estos movimientos no ocurren solamente en un trabajo de Constelaciones. Pueden comenzar o profundizarse en una psicoterapia individual o grupal, en una conversación familiar, en un duelo, en un gesto simbólico, al establecer un límite o al tomar una decisión concreta. A veces el cambio comienza en el propio paciente; otras veces, otro integrante modifica su manera de relacionarse. Cuando una persona cambia su posición y su conducta, puede generar nuevas condiciones para que también se modifiquen las interacciones del sistema. Un paciente pertenece a un sistema, y en él, el todo es más que la suma de las partes y, una parte afectada influye en el todo.

Reconciliar no debería significar negar el daño, perdonar por obligación ni retomar un vínculo. Ante la violencia, el abuso o una grave vulneración, un movimiento sanador puede consistir en reconocer lo sucedido, protegerse, poner distancia, reclamar justicia o decir un «no» antes imposible. Incluir a alguien en la propia historia no obliga a permitir nuevamente su presencia en la vida cotidiana.

También es necesario diferenciar el valor clínico que algunas personas y terapeutas encuentran en las Constelaciones Familiares de lo que puede afirmarse científicamente. Una revisión sistemática encontró resultados prometedores, pero señaló que la cantidad y la calidad general de la evidencia eran bajas, además de registrar posibles efectos negativos en una pequeña proporción de participantes (Konkolÿ Thege et al., 2021). Un ensayo aleatorizado posterior informó mejoras pequeñas y resultados comparativos no concluyentes (Konkolÿ Thege y Szabó, 2024). Por eso es más riguroso presentar los movimientos sanadores como una comprensión clínico-fenomenológica y una posible vía de trabajo, no como un mecanismo universal de curación ya demostrado.

Entonces, ¿qué es lo que cura?

Probablemente no exista una única respuesta.

Curan, en distinta medida, una comprensión adecuada del problema, las intervenciones pertinentes, las expectativas de cambio, los recursos del paciente, las condiciones de su vida y la posibilidad de encontrar nuevos sentidos. Y cura también la relación cuando permite hacer algo diferente con aquello que antes solamente podía repetirse.

Desde una mirada sistémica, puede contribuir a sanar el hecho de encontrar una nueva posición ante la propia historia familiar: reconocer lo ocurrido sin quedar enteramente definido por ello; diferenciar lo propio de lo ajeno; dejar de sostener responsabilidades que no corresponden; recuperar el derecho a pertenecer sin tener que repetir el sufrimiento de quienes estuvieron antes, o compensar exclusiones en su sistema.

Una constelación familiar, una psicoterapia, una conversación significativa o una decisión concreta pueden favorecer alguno de estos movimientos. Pero no es la técnica por sí sola la que cura. Su valor dependerá del momento del paciente, de la calidad del acompañamiento, del cuidado ético y de que la experiencia pueda traducirse en mayor conciencia, libertad, responsabilidad y capacidad para vivir y relacionarse.

La relación terapéutica puede contribuir de un modo particular: ofreciendo una base suficientemente segura desde la cual el paciente pueda mirar su trama familiar sin quedar nuevamente atrapado en ella. En ese vínculo puede experimentar que su dolor es recibido, que sus límites son respetados y que puede acercarse, diferenciarse, enojarse o separarse sin perder por ello su dignidad ni el vínculo.

El terapeuta no sana ocupando el lugar de quienes faltaron, ni convirtiéndose en padre, madre o salvador. Acompaña a otra persona para que recupere su lugar, su fuerza y su capacidad de responder por su propia vida.

Quizá, entonces, lo que cura no sea un único factor, sino una convergencia: una relación presente suficientemente segura, una comprensión nueva del pasado y un movimiento posible en la vida actual. Una buena relación terapéutica no busca volverse indispensable. Cumple su función más profunda cuando la seguridad construida en el encuentro puede ser interiorizada por el paciente y llevada fuera del consultorio: hacia su familia, sus relaciones, sus elecciones y su propia vida.

Referencias seleccionadas

Los títulos contienen enlaces a registros académicos o editoriales; «Texto completo» indica acceso abierto.

Bordin, E. S. (1979). The generalizability of the psychoanalytic concept of the working alliance. Psychotherapy: Theory, Research and Practice, 16(3), 252-260. https://doi.org/10.1037/h0085885

Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Paidós. (Obra original publicada en 1988).

Eubanks, C. F., Muran, J. C., y Safran, J. D. (2018). Alliance rupture repair: A meta-analysis. Psychotherapy, 55(4), 508-519. https://doi.org/10.1037/pst0000185

Flückiger, C., Del Re, A. C., Wampold, B. E., y Horvath, A. O. (2018). The alliance in adult psychotherapy: A meta-analytic synthesis. Psychotherapy, 55(4), 316-340. https://doi.org/10.1037/pst0000172  Texto completo

Gelso, C. J. (2011). The real relationship in psychotherapy: The hidden foundation of change. American Psychological Association.

Guest, D., y Parker, V. (2022). Clinical considerations regarding touch in psychotherapy. Bioenergetic Analysis, 32(1), 123-134. https://doi.org/10.30820/0743-4804-2022-32-123  Texto completo

Hayes, J. A., Gelso, C. J., Goldberg, S., y Kivlighan, D. M. (2018). Countertransference management and effective psychotherapy: Meta-analytic findings. Psychotherapy, 55(4), 496-507. https://doi.org/10.1037/pst0000189

Hellinger, B. (2006). Los órdenes de la ayuda (S. Kabelka, Trad.). Alma Lepik. (Obra original publicada en 2003).

Jung, C. G. (2006). La práctica de la psicoterapia. Obra completa, volumen 16. Trotta.

Konkolÿ Thege, B., Petroll, C., Rivas, C., y Scholtens, S. (2021). The effectiveness of family constellation therapy in improving mental health: A systematic review. Family Process, 60(2), 409-423. https://doi.org/10.1111/famp.12636  Texto completo

Konkolÿ Thege, B., y Szabó, G. S. (2024). The efficacy of pandemic-adjusted family/systemic constellation therapy in improving psychopathological symptoms: A randomized controlled trial. Journal of Psychiatric Research, 177, 271-278. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2024.07.027

Rogers, C. R. (2023). El proceso de convertirse en persona. Paidós. (Obra original publicada en 1961).

Safran, J. D., y Muran, J. C. (2005). La alianza terapéutica: una guía para el tratamiento relacional. Desclée de Brouwer. (Obra original publicada en 2000).

Stern, D. N. (2017). El momento presente en psicoterapia y la vida cotidiana. Cuatro Vientos. (Obra original publicada en 2004).

Wallin, D. J. (2012). El apego en psicoterapia. Desclée de Brouwer. (Obra original publicada en 2007).

Yontef, G. M. (1995). Proceso y diálogo en psicoterapia gestáltica. Cuatro Vientos.

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